Aquel brillo extraño

#RelatosRadiactivos

Os traemos en primicia una nueva sección: los #RelatosRadiactivos de #NuclearEspaña, una forma diferente de aproximarse a la ciencia y tecnología nuclear, por @gon_nuclear. Hoy contamos la historia de cómo la casualidad llevó a Röntgen a descubrir la existencia de los rayos X.

Otra vez se había hecho de noche. Era un frío 8 de noviembre de 1895. Las investigaciones sobre el tubo de Crookes no estaban resultando todo lo satisfactorias que habría querido. Wilhem había conseguido llegar a ser director de la cátedra de Física de Wurzburgo por su perseverancia. Y, por su perseverancia también, quería desentrañar los misterios que se escondían allí dentro. Por enésima vez en la tarde, conectó la bobina de inducción y arrancó la bomba de vacío. Su ruido ensordecedor le provocaba jaqueca, pero ya estaba más que acostumbrado. Fatigado de analizar el halo verdoso que se desprendía del extremo fluorescente del tubo, desvió su mirada a una mesa cercana. Un momento – pensó – ¿por qué esas sales están brillando? Las sales fluorescentes, esparcidas en una mesa cercana al tubo, brillaban débilmente. Ese brillo extraño debe ser por iluminación indirecta del tubo -dedujo Wilhem– tapándolo a continuación con un papel perfectamente opaco. Las sales continuaban brillando. Probó a acercar una pantalla fluorescente que tenía en su laboratorio. Brillaba en toda su extensión. Era como si unos misteriosos rayos saliesen del tubo e iluminasen los materiales fluorescentes.

¡Diantres! – pensó Wilhem – ¡debe haber algún error en el experimento! Quiso poner distancia y se llevó la pantalla fuera del laboratorio, cerrando la puerta tras de sí. La pantalla brillaba más débilmente. Pero había algo más. En la pantalla había aparecido una sombra. Una sombra con un cierto aire familiar… ¡El pomo de la puerta! – gritó Wilhem. El pomo de la puerta proyectaba su sombra sobre la pantalla, por tanto, por algún motivo, los misteriosos rayos procedentes del tubo no conseguían atravesar el metal. Wilhem abrió la puerta del laboratorio y se dirigió directo hacia el tubo, para contemplarlo una vez más. Un momento – pensó – si los rayos no son capaces de atravesar el metal, ¿qué pasará si…? Wilhem acercó su mano al tubo, colocó la pantalla al otro lado y miró. Vio la sombra de sus propios huesos. Wilhem estalló en júbilo, sabía que un nuevo mundo había comenzado.

Wilhem Röentgen. Ref: Wikipedia Commons

Wilhem Röntgen descubrió los rayos X al investigar con un tubo de Crookes sobre la radiación que la corriente electrónica producía en el mismo. Meses después de su descubrimiento, ya se estaban realizando pruebas médicas con rayos X por diversos países, cambiando para siempre la historia de la medicina. Röntgen no quiso patentar su descubrimiento para que la humanidad pudiese beneficiarse de ello sin restricciones. El científico alemán fue galardonado en 1901 con el primer premio Nobel de Física.

 

Primera radiografía de la historia: mano de Anna-Bertha Röntgen. Ref: Wikipedia Commons

Hasta 1912 no se consiguió dar una explicación a los rayos X. La causa que explica esta radiación electromagnética se denominó “radiación de frenado” (bremsstrahlung, en alemán). Al pasar cerca de un núcleo atómico, un electrón sufre varios procesos: se desacelera, se desvía y emite radiación de frenado. En el tubo de Crookes, los electrones a alta velocidad producían radiación de frenado, pero era necesario tener en la trayectoria de dicha radiación un material que fuese capaz de excitarse para poder percibirlo. Las sales y pantallas fluorescentes del laboratorio de Röntgen cumplieron esa función.

Bibliografía para saber más:

 

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