En los años cincuenta y sesenta, las pruebas nucleares atmosféricas elevaron de forma brusca la concentración de carbono-14 en el aire. Aquel exceso pasó después a los océanos, las plantas, los alimentos y, finalmente, a nuestro organismo.
El carbono-14 como reloj biológico
La curva que dejó ese fenómeno, conocida como bomb pulse, se convirtió décadas más tarde en un inesperado reloj biológico. Midiendo cantidades minúsculas de carbono-14 en el ADN, los científicos pueden estimar cuándo se formaron determinadas células y estudiar cuánto tiempo permanecen con nosotros.
El bomb pulse: la rápida subida y posterior descenso del carbono-14 atmosférico creó una referencia temporal que puede compararse con la señal conservada en el ADN.
Esta técnica ha permitido investigar la edad de neuronas, células del corazón, células grasas y células inmunitarias, y también ha encontrado aplicaciones forenses.
Este artículo sigue el viaje de un átomo de carbono-14 desde la atmósfera hasta nuestro ADN y muestra cómo una consecuencia no buscada de la Guerra Fría terminó ayudándonos a responder una pregunta sorprendentemente humana: ¿qué edad tienen realmente nuestras células?